Una de las consecuencias más determinantes que
arrastra consigo la historia indígena latinoamericana contemporánea,
trayectoria, como sabemos, marcada desde fines del siglo XIX por procesos
de incorporación forzada a los respectivos estados nacionales,
tal vez sea que la mayor parte de las decisiones colectivas de estos
pueblos hayan pasado a depender desde entonces de la voluntad impositiva
de diversos actores sociales que detentan poder político, económico,
cultural, etc. dentro de esos estados. Como es obvio, tales imposiciones
no son equivalentes para cada caso. Factores varios como peso demográfico;
conflictos fronterizos entre vecinos; la relación histórica
que esos pueblos han establecido con sectores de la sociedad criolla,
hasta el complejísimo universo de la participación de
tal o cual pueblo originario en la conformación de las identidades
nacionales, influyen en la visibilidad de esos colectivos en la cotidianeidad
sociocultural de cada país.
Desde pueblos “condenados” a la sutil perversidad de cierta
etnografía, a la que pareciera importar más el repertorio
de manifestaciones culturales llamativas que las personas de carne y
hueso, a los colectivos que son sentenciados ante la opinión
pública como un “problema” o un “conflicto”
permanentes. A los primeros, la sanción los convierte en una
especie de cultura / museo, una muestra permanente que existe en la
medida en que haya espectadores dispuestos a consumir su proclamada
diferencia, la parafernalia de su “otredad” representada
según los cánones de un perpetuo documental tipo Discovery
Channel. Ante esa mirada, cada manifestación, cada investidura,
cada rito no “contaminado” por la transculturación
(pautada por la sociedad dominante), es apreciado como “el último
resabio”. Y aunque no importe a muchos, se vivifica aquí
una flagrante contradicción: una cultura tradicional es considerada
“verdadera” en la medida en que sus tradiciones, sus símbolos
más acendrados no hayan sufrido modificaciones ni impurezas.
Que estén por así decirlo, congelados en la fotografía
del tiempo.
Para los pueblos -“problema”, el castigo no soporta dobles
lecturas. La discriminación para la alteridad que incomoda los
eslóganes patrioteros ó sencillamente la cárcel
para los que osan poner en riesgo la sagrada seguridad del Estado. Pese
a que son casos extremos, una cosa unifica sin embargo a estas y otras
consideraciones más neutrales acerca de los indígenas
contemporáneos. Al igual que parte importante de su imagen pública,
son fundamentalmente elaboraciones construidas por mentalidades ajenas
a los miembros de esos pueblos originarios. Edificaciones más
o menos, que si son efectivas, luego de un recorrido eventualmente azaroso
entre la teoría y los hechos concretos, son de varias formas
absorbidas por los indígenas y luego conscientes o inconscientemente
proyectadas hacia el espacio público por sus voceros.
Una de aquellas elaboraciones, sin duda de las más enfáticas,
pues está sustentada en un gran porcentaje en la realidad, es
que a los ojos de cualquier observador externo o propio, ser parte de
un pueblo originario hoy, sea visto como sinónimo exclusivo -
y excluyente - de ruralidad. En atención a esto, la sentencia
es explícita: serían parte del colectivo indígena
exclusivamente quienes residen y hacen su vida en los espacios geográficos
tradicionales de esos pueblos, es decir sectores campesinos relativamente
alejados de los grandes centros urbanos, donde la cultura tradicional
se manifestaría en su más genuina expresión. Tal
condición otorgaría entonces a estos sectores el protagonismo
del discurso y las reivindicaciones públicas del movimiento indígena
actual. Derivado de ello es que sean ellos a quienes van dirigidos casi
en exclusiva, no sólo la inmensa mayoría de las palabras,
sino que los recursos públicos y privados implementados en programas
de desarrollo socioeconómico, sociocultural, etc.
No cabe duda que son los sectores rurales tradicionales, algo así
como el núcleo duro de los pueblos originarios contemporáneos.
Allí es donde, por ejemplo, se mantienen - muchas veces a duras
penas - ciertos elementos culturales insoslayables para alimentar cualquier
demanda de Pueblo, como por ejemplo, el más importante de todos:
el idioma nacional de cada grupo. Pero, también no es menos cierto
que para los tiempos que corren, marcados para todos, indígenas
y no indígenas, por acelerados procesos de cambio sociocultural,
es evidente que la estructura sociodemográfica interna indígena,
se caracteriza hoy por una amplia y expresiva diversidad, mixtura que
a cada paso pareciera contradecir aquel discurso oficial indígena.
La mayoritaria población indígena que hoy reside y recrea
la cultura tradicional en las grandes ciudades - tal cual sucede con
el pueblo mapuche residente en el actual territorio chileno - es hoy
quizás la principal manifestación de esa desafiante heterogeneidad.
Las migraciones campo - ciudad y sus múltiples derivaciones sociodemográficas,
es en nuestro ámbito una realidad social idesmentible y plenamente
en vigor hoy. Tanto es así que el éxodo masivo de campesinos
(indígenas y mestizos) hacia las ciudades, en especial las capitales,
desencadenado con fuerza a partir de las primeras décadas del
siglo 20, son por sus características y amplitud un fenómeno
transversal en todos los países latinoamericanos. Tanto o más
incongruente es aun que, una realidad social, que en el medio mapuche
de Chile, tiene a los menos unos 60 años, todavía no haya
sido plenamente incorporada al discurso público, es decir aquel
que formulan los dirigentes y activistas de la causa a los medios de
comunicación, instituciones públicas, agencias de proyectos,
a los antropólogos u otros agentes vinculados con la temática
indígena. Más curioso es cuando a esta altura prácticamente
no hay ninguna familia mapuche rural, que no tenga a uno o más
de sus miembros residiendo temporal o permanentemente en la ciudad.
Elocuentemente, este cuadro se manifiesta en el cotidiano de esos mismos
dirigentes y sus familias, los que sin embargo en sus alocuciones públicas
les niegan sistemáticamente a esos indígenas urbanos cualquier
legitimidad, simplemente por ser urbanos - término que en el
caso mapuche es en sí sinónimo de transgresión
- por transculturados; por "awinkados" (wingka es toda persona
no mapuche), por no "parecer mapuche", o en fin, dado el caso,
por lo que sea.
Insostenible sería tal situación, algo tal vez parecido
a un acto de antropofagia demográfica (una sociedad que niega
su condición de tal a parte significativa de sus integrantes),
si no fuera porque tal como sucede con toda realidad social, en el día
a día informal de las manifestaciones socioculturales, esta es
muchísimo más compleja y contradictoria que en los discursos
y las pequeñas o grandes puestas en escena, que a veces montan
algunos portadores y/o "autoridades tradicionales" de cultura
para satisfacer parte de la enorme demanda de exotismo indígena,
que hoy existe en ciertos sectores de la sociedad dominante. En este
amplio espacio donde se desarrolla la cultura mapuche contemporánea,
se puede, dado el caso, experimentar del auténtico privilegio
de la complejidad e incluso la paradoja.
Debatible mérito que se dimensiona mejor si se lo confronta con
la tendenciosa negación de la contradicción indígena
que el reinado de cierto discurso etnográfico, instituyó
en algún momento de la historia reciente. Ante semejante mirada,
el indígena debe serlo y parecerlo las 24 horas del día.
Pensar, orar, hablar, gesticular y si se da la ocasión, hasta
escribir como indígena; esto es, siguiendo rigurosamente los
parámetros establecidos por sus eventuales etnógrafos
- espectadores, que validarán tal representación de acuerdo
a una peculiar lógica: el mejor discurso indígena será
el que exprese a cabalidad - hasta el terreno de lo ininteligible -
el rostro de la diferencia.
Afortunadamente en esa informalidad, en la que reside el grueso de la
población indígena en general y mapuche en particular,
la aparente contradicción urbano/rural no tiene ni el mismo dramatismo
ni mucho menos las mismas consecuencias que automáticamente se
le asigna en los alegatos públicos. Sucede de esta forma ya que
anónimamente se ha elaborado un amplio repertorio de usos, costumbres
y variadas adaptaciones a las condiciones sociales actuales, en los
largos años desde que se desencadenaron, sin interrupciones hasta
ahora, las migraciones hacia las ciudades.
Uno de los principales supuestos en los que descansa la aparente contradicción
rural/urbano, es que una persona mapuche por el sólo hecho de
migrar desde su campo a cualquier ciudad, pierde todo contacto con sus
familiares campesinos y se desvincula por completo de sus costumbres
y su ser. Si bien es cierto que en muchos casos esa desvinculación
efectivamente se produce, ya sea por conflictos familiares derivados
generalmente de la escasez de tierras, por la aplicación de ciertas
leyes, como fue en nuestro caso la de división (Decreto Ley 2568
impuesto por la dictadura de Pinochet a principios de los 80), o por
simple opción; también es verdad que en otros tantos casos,
la mayoría quizás, esos vínculos no sólo
no se pierden sino que se refuerzan. Conocidos son los casos de las
ayudas monetarias y materiales constantes que los urbanos envían
a los campos, ayudas que muchas veces son uno de los sustentos principales
de la mermada economía campesina, tal cual han demostrado estudios
recientes. Otro tanto ocurre, por mencionar uno, con el caso de las
migraciones estacionales de ancianos que son llevados la ciudad por
sus familias con el fin de capear los meses de invierno, inclementes,
como todos sabemos, en clima y alimentos en las tierras de la Araucanía.
Estos mecanismos de comunicación y vínculo, reforzados
recientemente - aunque a muchos desagrade - por la mejora de las vías
de transporte, y el masivo acceso a tecnologías como los teléfonos
celulares, no son en un sentido y mucho menos sólo materiales.
Cientos de personas, alimentos, artefactos, experiencias, conocimientos,
medicinas, etc. a diario circulan de sur a norte y viceversa por terminales
de buses y estaciones ferroviarias, ejerciendo con ello un efectivo
trasvasije de cultura e identidad mapuche contemporánea entre
campos y ciudades, espectáculo en general desconocido por el
discurso oficial. Esta cultura y esta identidad mapuche contemporánea,
obviamente no son las mismas de hace 100 años y con seguridad
ni siquiera las de hace 10. Es así, no podría serlo de
otra forma, ya que se trata nada menos que de un Pueblo compuesto por
personas vivas y en permanente transformación. De eso y no de
otras cosa se trata el ejercicio de una cultura, que en este caso encuentra
su mejor expresión metafórica en la conmemoración
de la ceremonia del ngillatun, la principal ceremonia socioreligiosa
mapuche, en la cual los urbanos aportan recursos económicos y
los rurales su disposición y conocimientos.
No amerita mayor discusión que la base y eje de la cultura tradicional
mapuche reside en los sectores rurales, en donde a duras penas se han
ido reproduciendo hasta hoy manifestaciones culturales que son fundamentales,
como la principal de todas, el mapudungun. También, por otra
parte, lo es que las personas que han migrado a las ciudades casi en
su totalidad lo han hecho debido a factores ajenos a su voluntad, como
la disminución de las tierras o conflictos familiares derivados.
Además, la experiencia de inserción en las ciudades ha
sido para los mapuche migrantes generalmente traumática, por
la discriminación que en estos espacios pareciera ser más
dura y persistente en el tiempo. No es casualidad entonces que muchas
de esas personas que han tenido semejantes experiencias, hayan optado
por encubrir los rasgos visibles de identidad mapuche. Enmascarando
(no borrando) los principales rasgos de alteridad étnica, en
las grandes ciudades han sido sin embargo los hijos de esos migrantes,
nacidos (as) nacidos y formados en las urbes, las grandes víctimas
de este proceso. Estas personas, formalmente las más alejadas
de los referentes de la cultura tradicional, son en quienes además
recaen las culpas asignadas por la miopía conceptual de los líderes
de las organizaciones campesinistas, los que en el fondo ven en ellos
a potenciales rivales en la conducción de las organizaciones.
Significativa y emblemática paradoja que derriba mitos y tergiversaciones,
son miembros de este sector, los que en los últimos tiempos han
sido protagonistas principales del proceso de resurgimiento y activación
de las reivindicaciones mapuche.
La mantención y acentuación de las supuestas diferencias
e incluso antagonismo entre mapuche rurales y urbanos, fenómeno
al cual lo más probable sin quererlo están contribuyendo
tanto el discurso de la cosmovisión, como el de las identidades
territoriales, conceptos ambos en uso hoy en el imaginario mapuche,
implican a nuestro juicio uno de los principales obstáculos inventados
a superar por parte del movimiento mapuche contemporáneo. Si
en el discurso de la cosmovisión, el mapuche urbano desaparece,
por desacomodo, ante la marejada de signos ancestrales decodificables
sólo por expertos; en el caso de territorialidades tradicionales
como nagche wenteche, lafkenche, williche, pewenche, etc., a la par
de aparecer ante la opinión pública, cual si se tratase
de pueblos diferentes, dadas las circunstancias, para un individuo urbano
hoy no bastaría con ser simplemente mapuche, si es que no se
le adjunta a esta condición la de pertenencia a una identidad
territorial, condición la cual, por razones obvias, no pueden
acreditar la inmensa masa de mapuche urbanos nacidos en las ciudades.
En cualquier caso, lo precario y artificial del discurso que promueve
al antagonismo urbano/rural, saltaría a la vista rápidamente
si asumiéramos que este ha sido inventado, reforzado e inducido
en gran medida por actores no mapuche, a saber etnógrafos que
usan en sus análisis marcos teóricos elaborados a principios
del siglo 20; ideólogos y místicos trasnochados, más
interesados en solucionar sus carencias personales que los conflictos
internos indígenas; oscuros operadores de proyectos de "desarrollo"
campesino, a quienes importa mantener un status quo que posibilita el
fluir de los cada vez más esmirriados recursos de la cooperación
internacional; también los inefables dirigentes mapuche profesionales,
temerosos de perder sus reducidas cuotas de poder ante personas que
muchas veces tienen mayor preparación y conocimientos formales.
Mientras el movimiento mapuche contemporáneo no asuma a plenitud
sus diversidades internas, que en gran medida son más ricas que
las rígidas sublimaciones cimentadas desde afuera, el proyecto
de Pueblo o Nación mapuche estará incompleto y desmembrado.
No sobra reiterarlo a la luz de la experiencia de otros lugares del
mundo, un Pueblo - Nación está constituido por la suma
de sus diversidades internas y no por la resta de sus parcialidades,
idealizaciones y construcciones interesadas, de las cuales el supuesto
enfrentamiento urbano/rural, sería una de sus manifestaciones
más gráficas. Mientras así no ocurra habrá
una contradicción entre discurso y realidad; el concepto pueblo
mapuche abarcará a lo sumo a una agrupación de asociaciones
campesinas o sectas místico religiosas, y lo que es peor, nuestro
destino seguirá siendo digitado por cualquiera menos por sus
protagonistas verdaderos.