Los objetivos del presente artículo son:
describir la estadística de la situación de la juventud
en el Perú; explicar el fenómeno de la globalización;
analizar cómo el mundo globalizado puede ser teledirigido; y,
reflexionar el quehacer educativo en el contexto de la globalización.
La juventud en el Perú
La importancia actual de la juventud es inmensa. Pero este sector enfrenta
a una serie de problemas relacionados a la educación, el empleo,
el hambre y la pobreza, la salud, el medio ambiente, la drogadicción,
la delincuencia juvenil, la falta de recreación, la discriminación
de género y la falta de participación en la sociedad.
Nos interesan las correlaciones de las variables juventud, educación
y empleo.
Los jóvenes son las personas comprendidas entre los 15 y 24 años
de edad y constituyen un importante sector de la población global.
En 1995, en el mundo sumaban 1,030 millones individuos jóvenes,
de los cuales el 51% eran varones y el 49% eran mujeres (INEI, 2000).
El INEI da cuenta que en el Perú, en 1995, la población
juvenil era el 20,7% de la población nacional total, estamos
hablando de 4’871,124 de personas, de las cuales el 50,1% eran
varones y el 74,4% vivía en el área urbana.
La juventud, al constituirse en productor del presente, se constituye
en el sector económico fundamental, pero al mismo tiempo, es
la base sobre la que se erige el grupo social, cultural y político
de determinada sociedad. Sin embargo, como ilustra los estudios del
INEI (2000), en el Perú, en 1995, el 11,3% de la población
total mayor de 15 años era analfabeta, y el índice de
analfabetismo subía a 17% si se consideraba sólo a la
población femenina. El 33,6% de la población juvenil de
15 a 19 años estaba en la población económicamente
activa, pero el 8,3% de los hombres y el 9,9% de las mujeres estaban
desempleados. De la población juvenil de 20 a 24 años,
el 56,7% era parte de la población económicamente activa,
con el 10,9% de desempleo entre los hombres y el 11,6% entre las mujeres.
La juventud era y es uno de los sectores con menos oportunidades de
empleo.
La educación y los ingresos son dos variables correlacionadas.
El Banco Mundial demostró que en la mayoría de países
en desarrollo, la educación es uno de los factores determinantes
del Producto Bruto Interno real. Un año más de estudios
sobre el promedio, puede impulsar un aumento de hasta 3% del PBI real.
Otro estudio comprobó una correlación positiva entre la
escolaridad y los salarios, tanto entre hombres y mujeres, en países
desarrollados y en desarrollo.
El Banco Mundial dio a conocer que el Perú, en 1991, a
medida que aumentaba el nivel educativo del jefe de la familia, mejoraba
el gasto promedio per-cápita. El gasto pasaba de 430 soles para
una educación nula o inicial, a 1,429 soles para una educación
universitaria completa.
El INEI (op. cit.) muestra nuevas relaciones entre
la educación y los ingresos en el país. Así, en
el área rural, el paso de la educación primaria a la secundaria
eleva los ingresos en 25%, y de la secundaria a la universitaria los
eleva en 82%. Para el área urbana, los porcentajes respectivos
son de 14% y 112%.
Gran parte de las frustraciones juveniles provienen de la percepción
de los problemas descritos, que no hace mucho hizo de la juventud en
un sector proclive de la propaganda subversiva. La educación
no logra insertar a los jóvenes adecuadamente en los ámbitos
de la vida económica, cultural, social y política. La
gran mayoría de jóvenes son abrazados
por un conjunto de condiciones estructurales que los acerca hacia los
bordes de la desadaptación social, soledad, desesperanza, ansiedad,
desesperación y el suicidio.
No obstante, la juventud y la educación como unidades
de análisis no son elementos aislados. De ahí la importancia
de ubicarlos en el contexto global para comprender cómo opera
el sistema mundo.
El capital y la globalización
no tienen fronteras
La globalización como categoría tiene varias perspectivas
en su análisis. Se presta para un tratamiento interdisciplinario.
Puede ser abordada por la economía, la sociología, la
antropología, la politología, la comunicología
y otras disciplinas. Esta reflexión tiene matiz interdisciplinaria.
La globalización es un fenómeno
definido por algunos como la capacidad efectiva para promover el mercado,
un ambiente de inversión favorable al capital transnacional o
multinacional.
Algunas características de la globalización son:
::. La formación
de un mercado financiero global.
::. Deterioro del rol del Estado.
::. Los servicios y otros bienes materiales son más
importantes que la producción de mercaderías, que es la
“desmaterialización” de la economía.
::. La rápida innovación tecnológica,
especializada en informática.
::. El poder financiero y las empresas multinacionales
han reemplazado a ciertos Estados y aumentan su poder de dependencias
hacia los países pobres.
::. Alianza de los centros de poder (G-8, FMI, BM y
OMC) para ejercer el control político y económico del
mundo.
::. Reglas internacionales sobre comercio e inversiones
que permiten el acceso libre a las inversiones extranjeras a los mercados
y servicios nacionales.
El actual proceso de globalización se opone a
las leyes, los convenios y las recomendaciones nacionales e internacionales
que vayan a proteger o dar algunas ventajas a los trabajadores. Para
el capital no existen fronteras. Opera globalmente. Por tanto, no se
puede hablar de autonomía económica, política ni
cultural.
No obstante, creo que vale la pena llevar más lejos la reflexión,
porque la globalización no sólo opera en el ámbito
económico. Veamos como se da en el ámbito de la informática.
Martín Hopenhayn (2002) expuso que desde el punto de vista microelectrónico,
dos ámbitos están globalizados y cruzan fronteras sin
limitaciones de espacio ni tiempo y son la información y las
finanzas. En la circulación del dinero y los mensajes no hay
límites espaciales ni temporales entre emisores y receptores.
La economía financiera vulnera toda economía nacional,
la economía global sólo pide la inserción de las
economías locales pero en condiciones completamente subordinadas.
El campo de la comunicación nos da la oportunidad inédita
de recrear y pluralizar nuestra identidad con las señales que
otros nos envían a distancia y que nos hablan de otras formas
de ver el mundo. La globalización no tiene, por tanto, un signo
único, conjuga todas las opciones en un abanico de ventanas abiertas
al infinito.
Los flujos de masa monetaria e información no tienen precedentes.
Pero esta característica de la globalización presenta
una gran paradoja que puede ser ilustrada en dos ángulos contrapuestos,
uno que avanza en dirección puntual y otro que avanza abierto
al infinito. Es decir, el dinero viaja concentrándose, las imágenes
lo hacen diseminándose.
Actualmente, expone Hopenhayn (2002), la fortuna sumada de las 225 familias
más adineradas del planeta es equivalente a lo que posee el 47%
más pobre de la población total del mundo, que suma alrededor
de 2,500 millones de habitantes, y las 3 personas más ricas poseen
más dinero que el PIB sumado de los 48 países más
pobres. En contraste, el número de aparatos de televisión
por cada mil habitantes ha aumentado exponencialmente durante las últimas
cuatro décadas, y crece el consumo de TV por cable a una velocidad
aún mayor. Entonces se agiganta la brecha entre quienes poseen
el dinero y quienes consumen las imágenes. La situación
se agrava si consideramos que las imágenes promueven el consumismo.
Así crean una cultura de expectativas de consumo y una cultura
de frustración. Entonces se puede notar el consumo simbólico
y otro de acceso al progreso material y a una mayor participación
en la carrera del progreso. Esta es una paradoja seria porque no hay
síntesis entre la integración material (o la redistribución
de los beneficios del crecimiento) e integración simbólica
(por vía de la política, de los mass-media y de la educación).
En otras palabras, asistimos a una caricatura, con un portentoso desarrollo
de opciones de gratificación simbólica por vía
de la apertura comunicacional, y una concentración creciente
de los beneficios económicos de la apertura externa en pocas
manos. Para los demás, las manos vacías y los ojos colmados
con imágenes del mundo. La pobreza no disminuye su proporción
de la población total de los países en desarrollo; pero
sí aumentan sostenidamente la cantidad de televisores y computadores
(los primeros ya en casi todos los hogares pobres, los segundos expandiéndose
rápidamente desde la clase alta hacia la clase media) Hopenhayn
(2002).
Este es el contexto en el cual surge en la juventud el malestar de la
cultura como expresión de la crisis de sentido al cual le sumerge
la modernidad, fenómeno difícilmente comprendido en su
real dimensión y causa desconcierto entre la generación
de adultos y el establishment político.
Los modelos de socialización han trastocado, los padres ya no
constituyen el patrón eje de las conductas, la escuela no es
el único lugar legitimado del saber, ni el libro es el centro
que articula la cultura. Los pares reemplazan a los padres, se instaura
una gran ruptura generacional que remite a un aprendizaje fundado menos
en la dependencia de los adultos que en la propia exploración
del nuevo mundo tecno-cultural (la televisión, la vídeo,
el Internet…). Es en la desazón
de los sentidos de la juventud donde con más fuerza se
expresa hoy el estremecimiento de nuestro cambio de época (Martín
Barbero, 2002).
El mundo globalizado teledirigido
¿Cuál es el mecanismo por el que el sistema mundo ejerce
la hegemonía total? Un libro reflexivo de Giovanni Sartori denominado
Homo videns. La sociedad teledirigida (2002),
ayuda a sacar deducciones propias.
Homo sapiens es una clasificación
de la especie humana que lo distingue de los primates por su capacidad
simbólica. No son lo erectus, loquax,
faber, ludens ni su carácter socialis,
ni siquiera lo cultural, los que nos definen como humanos, es lo symbolicum
lo que marca la frontera; es decir lo symbolicum
nos diferencia de la naturaleza.
La escritura (albafética, jeroglífica o en otra modalidad)
ayudan a desarrollar la capacidad simbólica del hombre. La imprenta,
el telégrafo, el teléfono y la radio no la menoscaban.
En cambio, la televisión trae una ruptura. En la televisión
prevalece el hecho de ver sobre el hablar y leer. En consecuencia, el
hombre se hace más vidente que animal simbólico. Genera
una especie de retorno, mientras la capacidad simbólica distancia
al sapiens del animal, el hecho de ver, lo acerca a sus ancestros.
La televisión modifica la naturaleza misma de la comunicación,
la traslada del contexto de la palabra al contexto de la imagen. La
diferencia es radical, la palabra es un símbolo que se resuelve
en lo que significa. La imagen es pura y simple representación
visual. En la interrelación intercultural, sino no conoces el
idioma es letra muerta. La imagen no tiene idioma. Hasta ahora el mundo
se nos relataba, ahora se nos muestra y el relato sólo la explica.
En consecuencia, la televisión está produciendo una permutación,
generando un nuevo anthropos, un
nuevo tipo de ser humano. Nuestros niños ven horas y horas antes
de aprender a leer y escribir. La televisión es la primera escuela
del niño. El niño es animal simbólico que recibe
su impronta educación en imágenes. La violencia es inculcada
muy temprano.
El niño formado en la imagen se reduce a un hombre que no lee,
es adicto por vida a los videojuegos. Con la imagen que destrona a la
palabra se asedia a una cultura juvenil. El “video-niño
(niño que ha crecido ante un televisor) será un adulto
sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos
por la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales responde
cuando es adulto son casi exclusivamente audiovisuales.
El video-niño no crece mucho más, a los treinta es un
adulto empobrecido, es un adulto marcado de por vida por una atrofia
cultural. Por tanto, la cultura de los libros es de unos pocos, mientras
que la cultura audio-visual es de la mayoría.
El progreso, con respecto a la progresión, es positivo, significa
un crecimiento de la civilización, un avance hacia algo mejor.
¿Es progresiva la televisión? La televisión beneficia
y perjudica, ayuda y hace daño. La televisión entretiene
y divierte al homo ludens. Pero si
la televisión transforma todo en espectáculo se hace negativa.
La televisión provoca el empobrecimiento de la capacidad de entender.
El homo sapiens se caracteriza por
su capacidad de abstracción. Las palabras son símbolos
que evocan representaciones, llevan a la mente figuras, imágenes
de cosas invisibles y visibles. Nuestro vocabulario también consiste
en palabras abstractas. “Ciudad” la podemos ver. Nación,
Estado, Soberanía son conceptos abstractos.
Todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundos
intelligibilis que no es modo alguno
el mundos sensibilis. La televisión
invierte la evolución de lo sensible en inteligente y lo convierte
en ictu oculi, en un regreso al puro
y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y
anula los conceptos, de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción
y con ella toda nuestra capacidad de entender. En el homo
videns, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por
el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre.
Algunas contra deducciones sostienen que la llegada
de la televisión fue inevitable, pero tampoco la podemos aceptar
a ciegas. Palabra e imagen no se contraponen. El hombre que lee y el
hombre que ve, la cultura escrita y la cultura audio-visual dan lugar
a una síntesis armoniosa.
El hombre que lee está decayendo rápidamente: Se
calcula que un hombre “moderno” distribuye su tiempo en
7 horas de televisión, 9 horas de trabajo (incluye el trayecto),
6 o 7 horas para dormir, asearse y comer. Entonces con facilidad devenimos
en homo insipient (necio, ignorante),
se encuentra y se reúne, hace masa y adquiere fuerza. Un hombre
que pierde capacidad de abstracción es incapaz de racionalidad.
La televisión favorece a los estrambóticos, a los excitados,
a los exasperados y a los charlatanes. La televisión premia y
promueve la extravagancia, el absurdo y la insensatez. De este modo
refuerza y multiplica al homo insipient.
En suma, la exposición hace pensar que a través de la
TV, el sistema moldea al hombre “ideal” para dominar: inmaduro,
irreflexivo, sin proyecciones, inculcado a la violencia, a la pornografía,
al consumismo, forja un adulto sordo, empobrecido, no adicto la lectura,
con atrofia cultural, sin capacidad de abstracción e incapaz
de racionalidad. Obviamente con hombres como estos, cualquier proyecto
de desarrollo, progreso y modernidad tiene muchas dificultades. Hay
que hacer que todos internalicen que un pueblo culto tiene mejores opciones
de desarrollo, que un pueblo culto es más libre de otro que no
lo es.
La educción en la globalización
En un trabajo anterior, Educación
intercultural: Propuesta para sociedades quechua hablantes (Taipe,
1998), he sostenido que la educación en términos generales
es considerada como un proceso que vive el ser pensante en cuanto tal.
Por lo mismo, no está limitada a una o algunas acciones, a uno
o algunos momentos de la vida, sino que se da en todo momento y a través
de cualquier acción en tanto experiencia vivida.
En cambio, en términos específicos, la educación
oficial es un quehacer intencional, es una acción política
mediante el cual se trata de facilitar y reforzar ciertos aprendizajes
en función de un determinado proyecto social al cual se adhiere.
Lo anterior significa que existe un vínculo estrecho entre el
poder, currículo y proceso educativo. El poder se ejerce prefigurando
en el currículo la formación de una conciencia, el desarrollo
de una moral, la formación de un hombre que servirá a
un determinado proyecto histórico social. El poder se ejerce
cuando le otorgamos a ciertos sectores de la cultura, más que
a otros, mayor status, valoración y ponderación. También
se ejerce cuando se decide aislar, separar y clasificar la cultura en
el currículo.
Tanto en términos generales como específicos estamos hablando,
en realidad, de la aprehensión del capital
cultural en sus tres formas, en el
estado incorporado, es decir, bajo la forma de disposiciones
duraderas del organismo e involucra un trabajo de inculcación
y de asimilación; en el estado objetivado,
bajo la forma de bienes culturales, cuadros, libros, diccionarios, instrumentos,
maquinaria, los cuales son la huella o la realización de teorías
o de críticas de teorías, y de problemáticas (se
sabe que la apropiación del capital cultura objetivado depende
principalmente del capital incorporado en el conjunto de la familia,
incorporación que se da mediante el efecto Arrow generalizado
[que ejercen por su sólo presencia un efecto educativo] y todas
las formas de transmisión implícita); y finalmente en
el estado institucionalizado, como
forma de objetivación muy particular, porque tal como se puede
ver con el título escolar, confiere al capital cultural propiedades
totalmente originarias: Con el titulo escolar, la alquimia escolar produce
una forma de capital cultural que tiene una autonomía relativa
respecto de su portador y del capital cultural que él posee efectivamente
en un momento dado; instituye el capital cultural por la magia colectiva,
a la manera como los vivos instituyen sus muertos mediante los ritos
de luto. Basta con pensar en el concurso, el cual a partir del continuum
de las diferencias infinitesimales entre sus resultados, produce discontinuidades
durables y brutales del todo y la nada, como aquello que separa el último
aprobado del primer reprobado, e instituye una diferencia esencial entre
la competencia estatutariamente reconocida y garantizada, y el simple
capital cultural, al que se le exige constantemente validarse. Se ve
claramente en este caso, la magia del poder de instituir, el poder de
hacer ver y de hacer creer, o, en una palabra, hacer reconocer (Bourdieu,
1987).
El capital institucionalizado da lugar a un proceso de enclasamiento,
desclasamiento y reenclasamiento (Bourdieu, 1988) como signos
distintivos de pugnas por la hegemonía entre diversos grupos.
Lo anterior explica las “invenciones” de los bachilleratos,
licenciaturas, maestrías, doctorados y posdoctorados. A la cúspide
de estas últimas llegan muy poco, y serían “la conciencia
del mundo”.
No obstante, el proceso de globalización como fenómeno
mundial favorece a un pequeño grupo hegemónico del sistema
mundo. La ciencia no cumplió su cometido pregonado por la modernidad
de resolver los problemas de la humanidad. La actual era del saber tiene
por signo la polaridad entre ricos y pobres. La inteligencia se desarrolla
sólo para otorgar mayores ganancias a los poderosos y no importa
si para ellos tienen que emprender empresas bélicas de las que
somos testigos, no importa si tienen que deteriorar el ecosistema al
punto de dejar vastas áreas tipificadas como el cuarto mundo,
no importa si tienen que apropiarse de los saberes étnicos y
luego los patentan como sus “descubrimientos”.
La educación como un quehacer político en este mundo globalizado
es un instrumento para mantener el sistema. Para nadie es un secreto
que la sociología nace para interpretar los conflictos entre
trabajadores y empresarios, la antropología para dominar mejor
a los no-occidentales, la historia para justificar los poderes, la política
para facilitarles el “arte de gobernar”, la economía
para “regular” el intercambio (Wallerstein, 1997).
Inclusive el éxodo rural masivo hacia los países del primer
mundo otorga beneficios al sistema mundo, que para 1970, sumaban a 40
mil millones de dólares. Se estimaba que en Francia la formación
de un trabajador de 18 años costaba 150,000 francos. Este país
no tiene que pagar el mantenimiento ni la educación del inmigrado
que llega a trabajar. La economía francesa, para entonces, se
beneficiaba de un aporte gratuito de 90 mil millones de francos correspondiente
a 600,000 inmigrantes (Meillassoux, 1989). En cambio, Estados como el
nuestro si tiene gastos públicos de los que se beneficia Occidente,
pero esta explotación se materializa también en la subvención
de la comunidad doméstica en favor del sistema mundo.
Tampoco se trata solo de un análisis crítico, también
se trata de meditar qué hacer desde sociedades como la nuestra.
La realidad se impone. Hay necesidad de ponerse a tono con el ritmo
mundial actual pero asumiendo una postura crítica. La educación
tiene un rol esencial en este proceso, por tanto, resulta pertinente
plantear:
::. ¿Educamos
para la migración o para mirar con ojos de empresario nuestro
entorno?
::. ¿Educamos para el memorismo y conformismo
formando sujetos pasivos, irreflexivos, acríticos, o formamos
sujetos creativos, reflexivos y líderes para la gestión?
::. ¿Educamos para desarraigarlos culturalmente,
lingüísticamente, étnicamente, o educamos para consolidar
y desarrollar su autoestima cultural, lingüística y étnica?
::. ¿Educamos para interactuar en un solo idioma
y una sola cultura o los preparamos para que interactúen en situaciones
multilingües y multiculturales?
::. ¿Formamos hombres objetos de políticas
o sujetos concientes de sus destinos?
::. ¿Optamos por la cultura de la violencia
o por la cultura de la paz y la vida?
::. ¿Optamos por sujetos destructores del medio
ambiente o respetuosos y conservadores de su entorno ecológico?
::. ¿Optamos por la inequidad, la exclusión
e intolerancia, o la equidad, la inclusión y tolerancia?
::. ¿Reproducimos la cultura machista u optamos
por la equidad de género?
::. ¿Optamos por que la ciencia sirva a unos
pocos o buscamos la resolución de los grandes problemas de la
humanidad?
::. ¿Educamos para la competitividad, la solidaridad
o ambas?
::. ¿Educamos para ser individualistas, colectivistas,
o un término medio?
::. ¿Educamos para ser teledirigidos o para
desarrollar al homo symbolicum?
::. ¿Hacemos de la educación eje del
desarrollo, de la superación de la pobreza y de la consolidación
democrática de los pueblos o nos encaminamos en sentido inverso?...
En fin.
En cualquier ocasión, especialmente en los centros
educativos, los maestros y adultos subrayamos que la niñez y
la juventud son el futuro de la sociedad. Paradójicamente no
hacemos gran cosa para asegurar ese futuro. Lo que suceda mañana
será resultado de las acciones de hoy. Por eso mismo resulta
más fructífero pensar que el futuro está aquí
con nosotros (nuestros hijos). Por tanto, el futuro dependerá
de cuánto capital cultural les inculcamos, del desarrollo e internalización
de habitus, capacidades y recursos para afrontar los problemas que la
vida impone.
Los jóvenes se van haciendo adultos bajo parámetros de
rápidos cambios culturales, económicos y sociales. Sin
embargo, las estructuras del sistema les son adversas. El mismo adulto
se convierte en un competidor cuando busca empleo. Tiene que afrontar
los dilemas de la inexperiencia/experiencia, de lo novato/experimentado,
de la responsabilidad/irresponsabilidad, de la frivolidad/seriedad.
Muchos adultos no consideran a la juventud como sujetos con capacidad
de discernimiento, análisis y creatividad para proponer soluciones.
Para evitar que los obstáculos terminen provocando frustraciones
que cargan la juventud, el Estado debe impulsar políticas que
protejan los derechos humanos de los jóvenes, garantizando la
educación y la salud, reduciendo los riesgos de la violencia
familiar o social, los niveles de pobreza, el abandono, la explotación
laboral y sexual, otorgando adecuados sistemas de recreación
y esparcimiento.
Los actores sociales involucrados con la problemática de la juventud,
deben buscar que este sector se inmiscuya no sólo en el análisis
de su propia situación, sino también en la búsqueda
de las soluciones. Las instituciones deben facilitar la información
de becas, semibecas, créditos para estudios y la existencia de
determinadas exoneraciones, así como los nombres de las instituciones
y el cómo acceder a ellas, para que la juventud construya la
proyección de sus propias posibilidades.
Ya no es época de pensar que la atención
de las complejas y delicadas situaciones de nuestra juventud es sólo
un problema de los padres. Este asunto involucra a toda la sociedad.
Todos los actores sociales (instituciones públicas y privadas)
deben asumir una actitud concertadora para reorientar las prácticas
pedagógicas que hagan de la juventud un sujeto consciente de
sus roles en la sociedad. Los medios masivos de comunicación
deben ser involucrados en este proceso. Lo anterior conlleva a una revisión
del contenido programático emitido, ya que como medios, pueden
influir positiva o negativamente en las conductas de los jóvenes,
adolescente y niños.
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