Boletín IFP
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Enero 2006
 
Género e infancia: acercamiento hacia la situación específica de las niñas
Por Iskra Pavez  
   

Los aspectos políticos de la situación de las niñas
La infancia es un grupo prioritario dentro de las políticas públicas; es decir, se considera vulnerable, importante porque está en una etapa especial de desarrollo, crecimiento y construcción de la identidad personal.

Llamamos, en general, infancia a todas las personas menores de 18 años, en donde estarían lactantes, preescolares, niños, niñas, preadolescentes y adolescentes conjuntamente. En este caso hablaremos de infancia específicamente de las niñas y de las adolescentes. Quienes están en una situación diferente a la de sus compañeros por pertenecer al género femenino.

Desagregar el conjunto infancia con perspectiva de género significa hablar de las diversidades de los niños y de las niñas. Escogí, de estas dos categorías, a las niñas que viven principalmente en situación de pobreza; ya que son las “beneficiarias” de las políticas sociales por las condiciones de exclusión en la que viven.

Cuando hablo de perspectiva de género, me refiero a reconstruir los pre-conceptos que existen en torno a las mujeres en general y a las niñas en particular. Significa, comenzar a analizar finamente cada elemento constitutivo en la vida de las niñas; sus emociones, su sexualidad, la socialización que reciben, la conducta socialmente válida, el lugar que ocupan en la sociedad. Hablar desde la visión de género, no es repetir, lo ya dicho sobre machismo, si no, muy seriamente, que hablemos (analicemos, cuestionemos, re-interpretemos) la figura de la niña en el escenario sociocultural, para desmontar algunas discriminaciones que viven, denunciarlas, explicitarlas y por supuesto, transformarlas.

Para exponer los supuestos básicos de la perspectiva de género, podríamos comenzar con la definición de género, el cual es “el conjunto de características sociales, culturales, políticas, psicológicas, jurídicas, económicas, asignadas al sexo diferencialmente”(1). La atribución de estas características es cultural, y obedece a la misma lógica que quiere interpretar. “Estamos ante un sistema de clasificación social de los seres humanos que tiene que ver con características corporales: ser hombre o ser mujer tiene que ver con el cuerpo”(2), de allí emanarían las funciones socio sexuales para cada sexo.

La imagen sociosexual de la mujer o del hombre es aprehendida a través de la socialización que invade nuestro aprendizaje. Las necesidades de aprendizaje de hombres y mujeres deben ser entendidas como un proceso de construcción múltiple y diverso, que apunta a la formación de identidad. Ello necesariamente implica el aprendizaje, consciente e inconsciente, de todas aquellas pautas de comportamiento y valores que la sociedad acepta como válidas, de tal modo que la forma como cada individuo actúe corresponda a lo que socialmente se espera de él o ella. A través de dicho proceso la persona construye su reconocimiento del y en el mundo, como hombre o como mujer, de un modo particular, que a su vez lo y la hace diferente, es decir, lo y la identifica

La imagen social construida de la mujer se funda sobre las funciones sexoespecíficas atribuidas a las personas que nacen con sexo femenino. La cultura nos enseña que las mujeres tenemos que ser de una determinada manera y los hombres de otra.

En consecuencia, “abordar el análisis de la realidad desde una perspectiva de género exige una mirada que rescate y haga evidente en su sentido más amplio la forma cómo los estereotipos sexuales que hemos construido generan situaciones y relaciones de dominación o subordinación para uno u otro sexo, y la forma cómo la perspectiva de lo femenino es desconocida sistemáticamente, ya sea consciente o inconscientemente, en la construcción de la sociedad.”(3) , exige, además, incluir la diferenciación estadística para hombres y mujeres, y también reflexionar por el significado de esas cifras respecto a la distribución del poder en la sociedad. Así las acciones y respuestas deberían orientarse hacia relaciones de género más igualitarias, dado que las relaciones entre hombres y mujeres son políticas, ya que hay poder de por medio, y ese poder debe democratizarse.

En el plano de la sociedad, hallamos valoraciones culturales distintas para hombres y mujeres, lo que no depende únicamente de su posición en el sistema de producción o de su control sobre los recursos económicos; sino, y he ahí el eje de la visión de género, de la influencia de las representaciones culturales de los sexos que determinan el estatus y la posición que se le atribuye a cada uno de ellos en la organización social, además de encontrar una realidad material que consolida esas condiciones económicas y sociales dentro de las cuales se generan.

En directa y compleja relación con las situaciones discriminatorias de género, se encuentra otro aspecto medular, como es vivir en pobreza; ya que se agudiza todavía más la vulneración por las carencias, privaciones y exclusiones que se padecen viviendo pobremente. No obstante, al interior del grupo femenino que vive en condiciones de pobreza, existen otras categorías sociales que viven situaciones todavía más profundas de discriminación, exclusión y desventaja social. Como lo denotan las etnias, la orientación sexual lésbica, las discapacidades físicas y/o mentales, y la edad, por ejemplo.

Por lo tanto, y a raíz de los prejuicios que existen contra las mujeres, las condiciones culturales para las niñas, son de exclusión, ya que están arraigadas en las costumbres y normas que todas las personas tienen internalizadas, por lo cual su vulneración no parece representar una falta, sino más bien algo que pertenece a la normalidad.

En el plano cotidiano, la discriminación se vive al interior de los hogares por ejemplo en el plano de las decisiones familiares sobre la distribución de los alimentos, las labores domésticas, la atención de salud y la escolaridad, invariablemente benefician más a los niños que a las niñas. En Chile, esto se puede constatar con el porcentaje de niñas con respecto a los niños en materia de desnutrición; son más niñas, las que están desnutridas(4). “La pobreza, es la principal causa de una mala nutrición entre las niñas. Pero las costumbres y la cultura también influyen en este desigual tratamiento que se les da a niños y niñas. Lo que se manifiesta por ejemplo en el hecho que la distribución de los alimentos en la familia, normalmente está a cargo de la madre o de las mujeres mayores. Muchas de ellas consideran como secundarias sus propias necesidades nutricionales prefiriendo a los miembros masculinos de la familia, transmitiendo de paso la misma actitud abnegada a sus hijas”(5).

La UNICEF respalda estas aseveraciones planteando lo siguiente: “la comunidad mundial está urgida de enfocar más seriamente el desarrollo humano de la niña, ya que es ella una receptora desigual del progreso en la lucha global contra la pobreza y la discriminación. Actualmente en la mayoría de los países, la niña posee un estatus inferior con menos derechos, oportunidades y beneficios en la niñez en comparación con el niño, quien es el primer beneficiario de los recursos de la familia y la comunidad. A muy temprana edad la niña experimenta desigualdades, y encuentra muy difícil sobreponerse a ellas. Las consecuencias de dicha situación se ven dramáticamente ilustradas en las condiciones sociales y económicas de las mujeres en la actualidad”(6).

El corregir este desarrollo desigual para la niña, constituye una prioridad moral y política del más alto nivel y una de las inversiones más productivas que un país puede hacer. La niña en condiciones de pobreza es un grupo vulnerable por excelencia, de acuerdo a las exclusiones, abusos e insatisfacciones con que debe convivir.

Respecto a los Derechos de la Infancia, eje ideológico central de las actuales políticas hacia la niñez, podemos reflexionar que “desde una perspectiva integral de los Derechos Humanos, se reconoce claramente la conexión entre los aspectos simbólicos y culturales del modelo y las condiciones sociales y económicas que lo rodean, pues la noción de sujeto pleno de Derechos no adquiere un significado concreto si el sujeto no está en las condiciones sociales y materiales de ejercer esos Derechos. En este orden de ideas, la asociación de lo doméstico con actividades desacreditadas o no merecedoras de valor económico y social contribuye a que las mujeres y las niñas no sean consideradas personas de pleno Derecho. Por eso las relaciones de género son una de las tribunas privilegiadas desde las cuales las personas reivindican sus Derechos y emprenden estrategias personales y colectivas para defenderlos”(7).

Socialización de las niñas
Esta desvalorización cultural que existe contra las niñas se perpetúa a través de la socialización, con diferentes medios: básicamente la educación que recibe en sus grupos primarios (familia, amigas, vecinas), luego la escuela con los textos escolares, los cuentos infantiles, y en un nivel más general la publicidad que ve, la televisión (teleseries, personajes famosas), las películas, las canciones infantiles, la ropa y bailes de moda, los juegos y juguetes, los mitos, chistes y refranes, etc.

Una vez llegada al mundo la niña, se educa para que actúa como es “espera” que actúe una niña. La autora Marcela Lagarde nos interpela asegurando: “no somos tímidas de nacimiento: somos inducidas a serlo. Mientras las mujeres estemos construidas para ser aprobadas por los otros, seremos tímidas automáticamente. La timidez es una característica subjetiva de todas/os las/os oprimidas/os: la mujer, niños y niñas, pobres del mundo, indígenas de América Latina, persona de raza en el sistema racista: se consideran inferiores. Las mujeres somos educadas para dar todo y para renunciar a aquello que queremos, en pro del otro”(8).

Así se reproduce la dominación masculina sobre la mujer, la etapa de infancia o adolescencia ha constituido sólo una fase de educación y preparación para la subordinación posterior. Unido a este aspecto, se halla otro elemento clave en la legitimación de la vulneración de Derechos en las niñas, que se refiere a la perspectiva adultista que acompañan estos procesos de discriminación. La niña no sólo aprende cómo es una mujer y que ella ya lo es, sino que lo aprende en una etapa en sí desventajosa, por lo tanto, su socialización, re relaciona al hecho de ser niñas que están siendo educadas para ser mujeres, y por supuesto dicha situación se agudizará todavía más en condiciones de pobreza.

Durante la infancia el juego (rondas infantiles, juegos, juguetes, canciones, colores) representan una influencia en la socialización muy significativa, ya que es un sistema de aprendizaje de normas sociales, es decir de los roles atribuidos a cada género. Los juegos para niñas excluyen el enfrentamiento físico y ponen el acento en la estimación de los demás. Los juegos permitidos a las niñas con de expresión de emociones, cuidados domésticos, especialización estética a fin de explotar cualidades físicas y eróticas, tienen que ser tiernas, dóciles, bellas, románticas, “señoritas”, recatadas, abnegadas, fieles, piadosas, culpógenas, tímidas, suaves, delgadas, objetivables, deben perdonar y amar. La niña es educada, en general, para que se comporte de esta manera. Sin embargo, al educarla en esta línea, no se la está preparando, ni siquiera, para ser sujeto de Derechos, que conozca sus Derechos, los exija y se desarrolle plenamente en igualdad de condiciones.

En síntesis, es imprescindible incluir la perspectiva de género a la hora de analizar la situación general de la infancia y de las niñas en particular, como también diseñar Políticas y Programas desde esta perspectiva articulada con el Enfoque de los Derechos de la Infancia.

Notas Explicativas
(1) LAGARDE, Marcela. 1994. Página 9.
(2) LAGARDE, Marcela. Género e Identidades: metodología de trabajo con mujeres”. 2ª ed.. Ecuador, FUNDETEC, UNICEF, 1994. Página 8
(3) DÍAZ, Maritza, 2000. Página 159.
(4) SERNAM, 1999. Página 37.
(5) UNICEF. La Niña, Una Inversión para el Futuro. Sección para el desarrollo del Programa para la Mujer. New York, United Nations Children’s Fund, 1991. Página 21.
(6) UNICEF. La Niña, Una Inversión para el Futuro. Sección para el desarrollo del Programa para la Mujer. New York, United Nations Children’s Fund, 1991. Página 7.
(7) HOYOS, Soraya. 2000. Página 117-118.
(8) LAGARDE, Marcela. 1994. Página 23).


 
 
 
Autora de este artículo:
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ISKRA PAVEZ
Asistente Social

Becaria Chilena
IFP AR&SC Grupo 4

Iskra está estudiando una Maestría en Sociología en la U. Autónoma de Barcelona

 
 

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