Este trabajo fue expuesto en el Seminario latinoamericano
“Fútbol y Sociedad en América Latina”, organizado
por el departamento de Ciencias sociales de la Universidad Arturo Prat,
Iquique, Chile, en septiembre de 2005.
La entrada a la cancha
Este ensayo intenta reflexionar desde una perspectiva sociohistórica
y etnográfica cómo las comunidades Aymaras que habitan
el actual extremo norte de Chile han integrado dinámicamente
a sus prácticas ritualísticas, específicamente
las ceremonias o festividades consagradas a los santos patronos protectores
de los poblados precordilleranos y altiplánicos, un deporte en
particular, en este caso: el fútbol. “Pasión de
multitudes” que se despliega fervorosamente por todos los rincones
del territorio nacional o como versa el popular cántico albo:
“Desde Arica a Magallanes”. Para el área andina del
norte chileno, parafraseando al Nóbel poeta Neruda, podríamos
sostener refiriéndonos al fútbol que va: “Desde
la cordillera al mar”.
Durante las últimas décadas en Chile hemos asistido a
un cierto “repunte” del fútbol, sobre todo en los
albores del año 1998 cuando la selección chilena por fin
participó en Francia en un campeonato mundial. Estamos constantemente
rememorando, quizás (y me puedo equivocar en términos
de una secuencia cronológica deportiva) aquel mundial organizado
y disputado en Chile para 1962, o alguna otra escasa hazaña futbolera;
aunque siempre nuestro afán sea solo, bajo el acto sagrado de
la recordación, conmemorar terceros lugares, llevando al manipulado
olvido las históricas derrotas. Bueno, pero aun así (entre
derrotas y otras canchas muy polvorientas) hay un fútbol que
es pertinente analizarlo desde su valor simbólico y desde los
matices culturales que posee.
La sociedad no solo se vincula en torno al fútbol como un deporte
más, donde la actividad física cumple un rol de esparcimiento,
recreación o de acción beneficiaria en términos
de salud “comunitaria”, sino que el fútbol en un
sentido social, ofrece una multiplicidad de elementos simbólicos,
donde confluyen identidades colectivas, ritos e historias que dan cuenta
de la “otredad” que se construye adentro, y también
afuera de las canchas de fútbol en Latinoamérica.
Sobre la base de antecedentes documentales y de información colectada
en trabajos de campo, se intenta analizar cómo en una comunidad
andina como lo es Sotoca, poblado ubicado en la precordillera tarapaqueña
a 3000 m.s.n.m., se introdujo a sus prácticas rituales la realización
de un partido de fútbol, donde los miembros de la comunidad sotoqueña
se “enfrentan” en una
disputa futbolística en contra de “otra” comunidad,
como es el caso de la gente del pueblo cercano de Chiapa. Lo que aquí
llama la atención es que antes de introducir el fútbol
como acápite del ritual colectivo de la fiesta patronal de San
Pedro y San Pablo de Sotoca, los comuneros de Sotoca y de Chiapa ya
practicaban “enfrentamientos rituales”
tanto en ceremonias a sus santos protectores como en carnavales o la
anata. La inclusión del fútbol en la fiesta andina durante
las primeras décadas del siglo XX viene a reemplazar atávicas
celebraciones, resemantizando la actividad deportiva en torno a históricos
y complejos vínculos de sociabilidad y de complementariedad simbólica
entre parcialidades o ayllus de data etnohistórica o de contacto
andino-colonial.
El fútbol no viene aquí a alterar la tradición,
sino por el contrario, son (ellos) los propios Aymaras los que dinámicamente
(bajo la lógica del cambio social por citar a Giddens) introducen
nuevas prácticas acordes a los signos de los tiempos que han
vivido(1).
Primer Tiempo
Tras la llegada de los conquistadores españoles al actual norte
de Chile se instauró un sistema político-administrativo
y eclesiástico que generaron enormes transformaciones en la estructura
social y en la cosmovisión de las sociedades indígenas
locales. El primero, el sistema administrativo hispano, se basó
en el corregimiento, con sus correspondientes tenientazgos y encomiendas;
y el segundo, el eclesiástico, en parroquias, doctrinas, curatos
y sus anexos (Sotoca dependía del curato de Camiña respectivamente
en la colonia temprana, siglo XVI).
Siguiendo este esquema y a la luz de la documentación existente
Sotoca y Chiapa corresponderían a poblaciones que están
vinculadas con grupos étnicos de raíz altiplánica,
principalmente Carangas, los cuales para el momento colonial se encontraban
desplazados transversalmente hacia la vertiente occidental de la cordillera
de los Andes, dominando distintos pisos ecológicos en una suerte
de archipiélagos u ocupación discontinua, permitiendo
a los Carangas, sobre la base de la tesis de Murra (1971), tener acceso
a una variedad de recursos ecológicos que en las zonas altas
serían imposibles de conseguir; o a la inversa, como argumenta
Riviere (1982), donde la presencia de esta etnia correspondería
a vínculos ideológicos y culturales relacionados a asentamientos
continuos entre el altiplano y los valles diseminados hacia el oeste
andino (González y Gundermann, 1997).
Los vínculos entre las comunidades (o posiblemente interdigitación
étnica), interpretación que no deja de ser preliminar,
se observan a la luz de la antigua interacción que han mantenido
los sotoqueños con las localidades adyacentes como Chiapa, Jaiña
y Sipisa. En el periodo que va desde 1565 a 1571 el curato de Tarapacá
estaba integrado por las comunidades de Guaviña, Chiapa, Sotoca
y Camiña las que figuraban con sus “subjetos”. Se
entiende por subjetos o cacicazgos vinculados a un centro de poder administrativo
o religioso, tanto en las zonas interiores como en la costa(2).
La relación con Chiapa desde la Colonia temprana indica los vínculos
étnicos en la precordillera, aun más cuando mantenían
un flujo de interacción con grupos altiplánicos (Riviere,
1982), datos que etnográficamente es posible confirmar sobre
todo en términos de relaciones de parentesco, ritualidades y
de producción ganadera como la facilitación de pastales
para el consumo del ganado de las comunidades altoandinas de Isluga
o Cariquima como el “costeo”,
que corresponde al traslado de los llamos y alpacos durante el invierno
a zona de cabeceras de valle para acceder a sectores ricos en pastos
y con temperaturas mucho más cálidas que en las localidades
de la llanura altiplánica (Diaz, 2002).
La encomienda de Lucas Martinez de Begazo (año 1540) estableció
que(3):
El reconocimiento por parte de los españoles
a Chiapa y a su cacique deja de manifiesto su importancia dentro del
escenario regional, de ahí viene que nos detengamos a comentar
las relaciones entre ambas comunidades. Bajo esta la argumentación,
es muy probable que existiera una ocupación poblacional étnicamente
reconocida como Carangas (y también Pacajes y Lupacas pero en
menor medida) distribuida a lo largo de las distintas quebradas como
Tarapacá, Aroma, Camiña y sus correspondientes cabeceras
y quebradas tributarias, las que fueron reducidas a “pueblos de
indios”, para que pudieran recibir evangelización, ser
controlados por los encomenderos y administrar la Mita
o tributo.
Hasta mediados del siglo XVII existió un relativo
orden en términos territoriales y administrativos entre las comunidades,
las que como sostuvimos mantenían estrechos vínculos incluso
territoriales, pero ya para 1614 una solicitud de amparo de tierras
expuesta por Felipe Arabire, cacique principal del pueblo de Santa María
Magdalena de Chiapa, altera el viejo orden impuesto, debido a que solicitaba
la posesión de una importante extensión del curato de
Camiña y de las zonas de pastales a la Real Audiencia de Lima.
Posteriormente participaron Felipe Mauricio Locay, gobernador, justicia
mayor y cacique principal del pueblo de San Lorenzo de Tarapacá
y Juan García Chuquichambe de Chiapa. Existe cierto alcance entre
los apellidos del antiguo cacique Chuquichambeco y este último
¿continuidad familiar o linaje en el manejo del poder intra-comunidad?
Por el pliego de peticiones efectuado por los “naturales”
de Chiapa, quedó especificada la posesión de algunas tierras.
Para 1662 se reconocieron 27 topos de sementeras que pertenecían
a los de “Sotoca”, disponiéndose que nadie perturbase
a los “naturales” de ese pueblo; posteriormente se limitarían
las tierras de los pueblos de Chiapa, Pachica, Sotoca, Isluga, Cariquima,
entre otros, (Diaz, 2002)(4).
Lo interesante de la documentación es que presenta a un cacique
reclamando posesiones en distintos espacios ecológicos, que van
desde Tana, Tiliviche, e incluso en pequeñas covaderas de guano
en el litoral de Pisagua hasta zonas alto andinas, como Isluga y Cariquima,
demostrando un control microvertical y una interacción que al
parecer no se había detectado durante las primeras décadas
de la invasión hispana, pero que efectivamente existía.
González y Gundermann (1997) sostienen que el cacique Chuquichambe
de Chiapa ejerció algún tipo de protección o tuición
a los naturales de Sotoca, por eso fueron incluidos en sus demandas.
Por el contrario, creo que el sistema de relaciones era más complejo
aun, no existiendo una supremacía de poder, sino mantenían
antiguos vínculos de tipo territorial, administrativo y de intercambio
de excedentes productivos y de bienes simbólicos dentro de un
contexto multiétnico y no de supremacía de uno sobre otro;
sino en un escenario dinámico interdigitalizado de relaciones
entre parcialidades, lo que significó ritualísticamente
practicar ceremonias de “ajustes”, “encuentros”
o ”enfrentamientos rituales” que interpretamos como TINKUS
o PALQAS respectivamente (Diaz, 2002).
Esta idea me parece plausible en base a los siguientes
argumentos: la idea de la multietnicidad es un tema complejo que no
ha sido estudiado sistemáticamente para la zona de Tarapacá,
aunque existen aportes notables de Jorge Hidalgo principalmente para
el área de Arica, pero falta aun por buscar nuevas fuentes y
realizar estudios en profundidad sobre contextos históricos locales.
Lo segundo radica en los propios párrafos del documento acuñado
por Luis Riso Patrón en el año 1910 donde cita textual
a Paz Soldan; párrafos que transcribo(5):
Creo necesario detenernos para comentar la idea de concebir
a distintas comunidades andinas dentro de una denominación localista
(Chiapas – Sotocas), característica que los cronistas de
la época distinguen como diferenciadoras, los cuales incluso
poseen un territorio distintivo (González y Gundermann, 1997).
A esto debemos agregar que, existe una separación de raíz
simbólica que demarca las diferenciaciones que podrían
ser tanto políticas, religiosas o imaginarias. Recordemos que
el punto de “encuentro”
(o comienzo de los espacios particulares de cada comunidad) está
marcado por una “Palca”
(palqa: traducida del aymara como bifurcación, ramal; bifurcación
de acequia o río)(6),
que representa la división o encuentro no sólo de dos
ríos, sino también de dos parcialidades o dos comunidades
que a pesar de sus diferencias, pueden establecer relaciones multidirecionales
de todo orden y tipo.
“Palqa”, como expone Olivia Harris (1987) es la encrucijada
del camino, como lugar sagrado donde los muertos pueden volver a vivir
y es donde es posible desencadenar el poder que tienen los “otros”
(los muertos) sobre los vivos. “Palqa” es un lugar de máxima
transición y es a la vez un lugar de encuentro. Cabría
entonces problematizar: ¿qué está significando
el límite de PALQA entre ambas comunidades? ¿Habrán
realizado ceremonias de ajustes o encuentros para mantener complejas
relaciones (“duales”) entre ambos ayllus? ¿Por qué
Sotoca posee un templo católico con pinturas religiosas con una
fuerte influencia mestiza y cargada de simbolismos, mientras que Chiapa
no posee un templo de tales magnitudes? ¿Por qué motivos
Sotoca poseía al igual que Chiapa o Camiña “subjetos”
que la administración eclesiástica no registró?
¿A lo mejor Sotoca fue tan importante en términos políticos-administrativos
de lo que fugazmente conocemos hasta hoy? ¿Perduró en
cierto modo la presencia de las parcialidades durante la colonia, pero
bajo dinámicas de roles diferenciadores entre sí? ¿Los
ajustes o PALQAS corresponderán entonces a “enfrentamientos
rituales” como son el TINKU?
Me parece importante reafirmar la idea de que la comunidad de Sotoca,
su pueblo y parcialidades (ayllus)
no carecían de importancia, por el contrario, estaban considerados
por la autoridad española. Aunque no tuvo la relevancia administrativa
como Tarapacá, Chiapa, Camiña o Sibaya, fue un poblado
que concitó la atención en reiteradas ocasiones a los
cronistas, soldados y curas coloniales. Es probable que por ser una
comunidad con su estructura funcionando en términos de autoridades
locales lograron mantener su territorio, su distribución sobre
el control de la tierra en la precordillera, sus ayllus y algunas prácticas
rituales. Debemos recordar que Sotoca se encuentra distante pocos kilómetros
de Sipisa, santuario que durante el siglo XIX tuvo una significativa
importancia a nivel local ¿quizás Sipisa reemplazó
en términos de lugar de culto a Sotoca por razones que aun desconocemos?
En 1773, tras la muerte de Juan Antonio Bermúdez Becerra, corregidor
de Tarapacá, se exponen un listado de deudas de éste último
donde en unos de los párrafos se menciona(7):
Que un corregidor, que es una autoridad mucho más
importante que un teniente o un encomendero, haya firmado un contrato
con un “Hilacata“ (Jilaqata)(8)
nos parece ya una situación compleja, y también significativa
para los márgenes de este estudio, reforzando la hipótesis
de una comunidad con autoridades bien definidas.
Por último podemos reflexionar sobre un control
efectivo de distintos pisos ecológicos, que aunque es un documento
relativamente nuevo, demuestra la idea de microverticalidad archipielágica
o el asentamiento de colonias (en este caso posesión de tierras)
en zonas de valles bajos como lo demuestra la “MATRÍCULA
DE PREDIOS RÚSTICOS DE LA PROVINCIA LITORAL DE TARAPACÁ”
DEL AÑO 1876 (Gundermann, 1998). Documento de tipo administrativo
el cual posee un listado de los dueños de predios agrícolas
que debían pagar contribuciones o impuestos territoriales al
Estado peruano.
El documento consta, incluido un agregado de 1878, de
un total de cuarenta páginas, en las cuales se listan los "contribuyentes
pertenecientes a la clase de propietarios de bienes raíces en
predios rústicos", que corresponden a: 92 de la "Ciudad
de Tarapacá"; 9 de Lausana (Laonzana); 36 de Coscaya; 37
de Guaviña; 50 de Sibaya; 19 de Limacciña; 20 de Mocha;
52 de Chiapa; 9 de Sotoca; 70 de
Camiña; 44 de Mamiña; 37 de Parca; 17 de Quillagua; 47
de Matilla; 30 de Huatacondo; 57 de Pica; 86 de Tamarugal; 23 del valle
de Camarones; 10 de Corsa, Tana, Tilibiche y Quiniña; y 5 de
la contribución eclesiástica de Tarapacá , Camiña,
Sibaya, Iquique y Pica. En total, se enumeran setecientos cincuenta
contribuyentes de la provincia. En su gran mayoría se trata de
titulares vivos y sólo aparecen ocasionalmente los herederos
de un contribuyente más antiguo. Además de la contribución
eclesiástica, en algunos sitios también aparece como contribuyente
la 'Municipalidad".
Un caso interesante es que, en el listado de predios
rústicos aparecen las haciendas de Manuel Guacucano (¿sotoqueño?)
ubicadas en Tana, Tiliviche y Quinilla tienen un valor de 5000, 500
en utilidades, 10 pesos de cuota semestral y 20 anual, lo que nos permite
conjeturar que hasta finales del siglo XIX se mantuvo una dinámica
de control de espacios ecológicos diversos, permitiendo obtener
una variedad de recursos como solía hacerse al momento de contacto
con los españoles.
Como otro ejemplo citamos un informe del cura Sibaya
el cual envía en el mes de julio del año 1899 una carta
confidencial al obispo de Tarapacá con residencia en Iquique;
en ella se expone lo que a continuación transcribimos(9):
Con la llegada del Estado chileno los curas participaron
activamente en las campañas para“chilenizar”, por
eso que en la mayoría de los templos existen banderas chilenas,
escudos nacionales y para las fiestas patronales son las marchas, el
himno de “Yungay”, “Adiós
al séptimo de línea” y el “Himno
Nacional”, elementos que han pasado a constituir parte
del ritual católico – mestizo y chileno.
Producto de la migración a la pampa salitrera
los predios agrícolas y la zona de pastales quedaron abandonados,
lo que generó problemas con algunos ganaderos, incluso mantuvieron
cierta distancia por antiguos conflictos, como queda de manifiesto en
la cita(10):
Lo interesante del documento expuesto es que los conflictos
entre la parcialidades de Sotoca y la Chiapa se circunscriben en materias
simbólicas ligadas a la propiedad de la tierra, a ritualidades
y a permanentes “ajustes”
por el control de recursos o la supremacía de una sobre la otra.
Sobre los enfrentamientos (“rituales o no”), Yerny González
recopiló en el año 1983 antecedentes en tornos a las “mitas”
para la distribución de las aguas para los cultivos de las chacras
en la localidad de Chiapa. Las mitas actuales de Chiapa surgirían
hacia el año 1880 y que posiblemente se debió a una violenta
pelea y enfretamiento por el manejo del agua con los sotoqueños,
lo que la comunidad chiapeña recuerda según González
(1985) como “La pelea con Sotoca”, y que reafirma el argumento
de la rivalidad y los enfrentamientos entre estas parcialidades, ya
sea de ajuste físico (pelea) o expresiones rituales, para mantener
los lazos de complementariedad y de solidaridad bajo un orden de “violencia
ritual” siguiendo a Harris (1987) a través del TINCU, que
es una pelea ritual en las que se encuentran dos bandos opuestos, llamados
en algunas zonas como los Arajj Saya (los de arriba) y los Manqa Saya
(los de abajo), sobre todo para la temporada del carnaval (que es el
rito europeo celebrado antes de comenzar la cuaresma) y la anata
(que significa “jugar” o “hacer juego” en Aymara).
El TINKU parece un combate guerrero, pero se trata de un rito, por eso
genera vínculos culturales o unión entre pares históricos.
Es la zona de encuentro donde se juntan dos elementos que proceden de
dos direcciones diferentes.
El vocabulario de lengua Aymara escrito en el año 1612 por Ludovico
Bertonio dice sobre el TINKU:
- Tincutha: encontrarse los ejercitos o bandos contrarios en la guerra
o en los juegos, venir en batalla, comenzar la pelea.
- Tincuthaptatha: venir a las manos, acometer la pelea de ambas para
encontrarse los que van y vienen en el camino.
- Tincusitha: confrontarse una cosa con otra, venir bien, ajustarse
(estar de acuerdo).
- Tincustha: ser igua: cama pura tincusiquihua: iguales son en fuerza,
tan fuerte es el uno como el otro.
- Tincusaatha: ver si conforma una cosa con otra.
Verónica Cereceda (1987) describe que en algunas zonas de los
Andes el TINKU es denominado como ANATA, o sea, el juego ritual, celebrado
durante carnaval o fiestas patronales.
(Este artículo continuará en la próxima
edición del Boletín IFP, donde prosigue con "segundo
tiempo", "la fiesta hoy", y "el alargue")
Notas Explicativas
(1)
Al respecto ver el texto de
Piotr Sztompka, “La nueva sociología histórica:
Concreción y contingencia” en Sociología del Cambio
Social, Alianza Editorial, Madrid, España, 1995.
(2)
Patricio Advis, “La Doctrina
de Tarapacá en el siglo XVI”, Ediciones Especiales Camanchaca,
Iquique,1994.
(3)
Víctor Manuel Barriga
“Provisión del marqués Don Francisco Pizarro concediendo
a Lucas Martínez, Regidor de Villa Hermosa, la encomienda de
Tarapacá y otros pueblos (Cusco, 22 de enero de 1540)”,
Documentos para la Historia de Arequipa, tomo II, Ed. La Colmena, Arequipa,
Perú, 1940.
(4)
La documentación referida
se encuentra en los “Antecedentes y documentos relacionados con
sus títulos de dominio”, comunidad Santo Tomás de
Isluga, imprenta El Comercio, Pisagua, 1918. Comentarios al documento
en Sergio Villalobos en “La Economía de Un Desierto”,
ediciones Nueva Universidad, Santiago, 1979; y “Contribución
a la Historia de la Propiedad Aymara” de Héctor González
y Hans Gundermann, CONADI, 1997.
(5)
Riso Patrón “La
Línea de Frontera con la República de Bolivia”,
Sociedad Imprenta y Litografía Universo, Santiago, 1910.
(6)
Manuel Mamani, “Diccionario
Práctico Bilingüe Aymara-Castellano”, Ediciones Emelnor,
Antofagasta, 2002.
(7)
Villalobos op cit.
(8) “
Jilaqata: Concepto de autoridad de una comunidad. Alcalde o autoridad
de una comunidad” Mamani op cit.
(9) Archivo
Obispal de Iquique. Citado por Juan Chacama, Gustavo Espinoza y Patricia
Arévalo en el trabajo “Arquitectura religiosa en la sierra
y puna de la Primera Región de Chile”, Documento de Trabajo
n° 6, Universidad de Tarapacá, Arica – 1992.
(10) Intendencia de Tarapacá,
Archivo. Subdelegaciones. Año 1911. Vol. 47.
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