| Boletín IFP | Especial N°2 | LSJ 11 - Oaxaca | |
Junio 2006 |
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| El conflicto armado interno en Perú: Las secuelas en razón del género y los DDHH de las Mujeres, por Yanet Palomino |
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| Yanet
es ex-Becaria IFP de Perú. Asistente Social, estudió una
Maestría en Gestión Pública en la Universidad Pompeu
Fabra de Barcelona, España. La CVR, durante su mandato, implementó un Programa de Género ante la necesidad de re-conocer las experiencias de las mujeres y diferenciar el impacto en las relaciones de género para proponer medidas de reparación en ese sentido. A pesar de los esfuerzos desplegados por sus integrantes no lograron que esta se refleje en la propuesta de Reparación Integral. Hacer un análisis de género del CAI nos dará los elementos necesarios para que las propuestas de políticas públicas y las que impulsen las ONG respondan a las demandas de reparación y prevención que atiendan las necesidades específicas de género. Además nos permitirá ver que los hombres no siempre fueron ganadores. Se nos presenta el reto de promover la equidad de género como un elemento crucial para prevenir futuros brotes de violencia, de sentar bases sólidas de una democracia sostenible en la que los actores sean hombres y mujeres con igualdad de derechos y deberes. Si bien fueron mujeres, en su mayoría, las que prestaron sus testimonios a la CVR, sus denuncias y sus gestiones siempre estuvieron orientadas a visualizar lo que ocurrió al otro -sus hijos, su esposo, la comunidad. Esto no permitió documentar fehacientemente cuan grave fue la afectación en razón del genero, principalmente en las mujeres, consecuentemente no contamos con los elementos y las estrategias necesarias para que ellas procesen esta situación. Hoy, post conflicto y post CVR, es necesario desplegar una campaña que busque incluir un análisis y perspectiva de género en el diseño e implementación de las políticas públicas que reparen estas especificidades; además, de reconocer el aporte y papel que cumplieron hombres y mujeres en el proceso de pacificación. Ante la falta de iniciativa y compromiso por parte del Estado con esta causa, el papel de las ONG de derechos humanos y otras especializadas en el tema tienen un papel fundamental. Contextualizando el conflicto
armado interno Las víctimas se concentran en las zonas rurales, son población campesina y nativa de estos departamentos. Fueron los distritos y comunidades más pobres, quechuahablantes o de dialectos nativos los afectados. Después del conflicto quedaron más pobres que cuando éste se inició. Las comunidades fueron arrasadas, las autoridades asesinadas, la infraestructura destruida. Las comunidades vieron su organización debilitaba, la mayoría de los hombres y jóvenes fueron desplazados en resguardo de sus vidas; hubo comunidades totalmente abandonadas. Sus condiciones estructurales, físicas, sociales y psicológicas -tanto comunal como familiar y personal- se desarticularon de modo temporal o permanente. Por muchos años, hasta que las acciones subversivas llegaron a la capital, nadie se preocupó de detener estos crímenes y violaciones de los derechos humanos, puesto que lo vivían ciudadanos y ciudadanas de segunda o tercera categoría(5) que no tuvieron la posibilidad de contar con un canal de comunicación con el resto de la sociedad peruana y menos internacional. En estas zonas no había presencia real o significativa del Estado. Donde lo hubo se caracterizó por ser abusivo y de atender los intereses de los sectores que ostentaban el poder económico. Esta situación se mantiene en la actualidad, aunque haya una mayor presencia a través de algunos programas sociales aún no se percibe a un Estado que signifique desarrollo, atención de las necesidades de los que más lo necesitan. Los servicios brindados son de pésima calidad. Sigue siendo una población excluida y marginal. Es una población que no ejerce su ciudadanía. Papel de mujeres y hombres en
el conflicto armado interno Para los actores del conflicto existió una valoración diferenciada respecto al papel de hombres y mujeres. Así, las mujeres no constituyeron un objetivo central, en razón de una sub-valoración como actoras activas y protagónicas, en tanto no las consideraron ni peligrosas –por parte de las fuerzas armadas- ni útiles como lideresas, por parte de los grupos alzados en armas. Desde el lado de los grupos subversivos, principalmente por parte de SL, las mujeres fueron, en primer lugar, sometidas a un régimen de terror y obediencia, fueron usadas para el servicio doméstico y sexual de los “guerrilleros”, muchas veces como sus guardias de seguridad. Las niñas y jóvenes fueron reclutadas para ser parte de ellos obligándolas a realizar trabajos diversos, forzadas a uniones no deseadas, muchas veces víctimas de asesinatos indiscriminados(6). La violación sexual particularmente fue una práctica utilizada como un arma de guerra. Fue una violación a los DD.HH. cuyas víctimas fueron mayoritariamente mujeres. Mientras miembros de las FF.AA. las violaban, los de SL las quemaban, las asesinaban torturándolas. El total de casos de violación sexual reportados es de 538, de los cuales 527 corresponden a víctimas mujeres y once tratan de crímenes contra varones. Del total de casos contra mujeres reportados a la CVR, el 83% es responsabilidad de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado. Muchos de estos delitos no han sido denunciados por la estigmatización social existente y los traumas psicológicos que generaron. Mientras los asesinatos de los hombres fueron más selectivos, los de las mujeres fueron más indiscriminados. Ellas murieron como parte de una población civil desprotegida y atacada injustamente. En el caso del reclutamiento forzado perpetrado por los grupos subversivos sí se ha encontrado una «selectividad» de mujeres adolescentes. Es importante resaltar que las mujeres y los hombres de las zonas andinas no fueron sólo víctimas de la guerra, también se involucraron con el proceso de pacificación del país. Las mujeres participaron en los CAD(7), defendiendo los derechos humanos y afrontando la supervivencia de los miembros de la familia y de la comunidad. Así, las mujeres asumieron roles protagónicos en la defensa de los derechos humanos, la vida familiar y comunal durante el conflicto, y en buscaron alternativas para la resolución de las secuelas en la fase de post conflicto. Un fruto inesperado del conflicto, como dicen algunos analistas, fue la salida pública de las mujeres andinas quienes se vieron “obligadas” a transitar abruptamente del espacio privado, invisibilizado, a una creciente participación en el espacio público, que por las características del CAI implicaba una dimensión colectiva. Desde su rol aparentemente “tradicional” de madres, esposas e hijas, ellas buscaron justicia y se enfrentaron al espacio público institucional. Las organizaciones vinculadas a la búsqueda de familiares y desaparecidos fueron impulsadas por mujeres que buscaban a sus esposos, padres hermanos e hijos de manera desesperada. Son principalmente las mujeres quienes se movilizaron para denunciar y pedir justicia. En este camino los aprendizajes han sido muchos, pues, al lado de la discriminación, el abandono y la indiferencia, ellas han ido aprendiendo a reconocer sus derechos y a exigir justicia. Aquí destacan La Federación de Clubes de Madres de Ayacucho –FEDECMA(8)- quienes levantaron el lema “Porque damos la vida, la defendemos”; nace y se expande en pleno proceso del conflicto llegando a ser un importante actor social y político, al igual que la Organización de Familiares de Desaparecidos, ANFASEP, quienes hasta hoy claman justicia y reparación, bajo el lema “Vivos los llevaron, vivos los queremos”. En el caso de las mujeres desplazadas también se observa la emergencia de liderazgos y organizaciones en las cuales se generan procesos de aprendizaje social y construcción de sujetos. En medio del dolor y la injusticia, las mujeres adquieren conciencia de la ciudadanía, definida como “el derecho a tener derechos”. Secuelas diferenciadas Las principales secuelas en razón al género fueron: la acentuación de la división sexual del trabajo y la sobrecarga femenina, la desintegración familiar producto del desplazamiento y el traslado de los grupos familiares a cargo de mujeres solas. Si entendemos que ejes centrales de la feminidad son la maternidad, el trabajo, el cuerpo, la sexualidad y la ética del cuidado podemos deducir las implicancias que estos procesos tienen en su identidad como mujer. Las mujeres que se vieron obligadas a migrar o desplazarse, se hicieron cargo solas de familias desestructuradas, sin padre y con hijos e hijas que habían sufrido la violencia en carne propia. Estas viudas o esposas de desaparecidos tuvieron que procurar la sobre vivencia de sus familias sin recursos económicos y en condiciones de desarraigo cultural y estigmatización social. Cómo familiares de muertos y desaparecidos, torturados e injustamente detenidos, son parte de los grupos de afectados que sobrevivieron al CAI. No sólo fueron afectadas por la muerte de sus seres queridos sino fueron testigos impotentes de abusos y crímenes que aún no pueden procesar, con un consecuente deterioro de su salud mental, muchas han pasado gran parte de su vida buscando a los desaparecidos, enfrentándose en ese trámite nuevamente a la humillación y la injusticia. En este proceso ellas fueron también objeto de delitos y violaciones de sus DD.HH.: asedio sexual, violaciones, detenciones, torturas, desplazamientos y trabajos forzados. Ellas fueron utilizadas como un medio para hacer hablar a los hombres detenidos, a los sospechosos de actos subversivos. Muchas también vieron afectadas su afectividad. Una buena parte de ellas manifiesta que nunca podrán rehacer sus vidas con nuevas parejas en tanto legalmente no son viudas “siempre estamos al pendiente que podrían regresar en cualquier momento”, “además nuestros propios hijos no están de acuerdo que tengamos otras parejas mientras no sepamos que realmente sus padres están muertos”(9). El no poder enterrar a sus muertos es otra dimensión del dolor que enfrentan estas mujeres. Los hombres en cambio, considerados por las FFAA como peligrosos y presuntos miembros de los grupos subversivos fueron los más perseguidos y amenazados por éstos, fueron detenidos muchas veces injustamente, estaban marcados por un estereotipo de masculinidad «guerrera». Fueron los primeros que tuvieron que desplazarse junto con los jóvenes. En términos cuantitativos el 80% del total de afectados por crímenes y violaciones a los DDHH, son varones y sólo el 20% mujeres. Que se debe y puede hacer Notas Explicativas |
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Año 3, Número Especial 2 |
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